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«EL VALOR DE LA SANGRE DE CRISTO»,De las catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo

(Lorenzo Monaco. Crucifixión, 1405-1410. 
Galleria dell'Accademia, Florencia.)

De las catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo
(Catequesis 3, 13-19: SC 50, 174-177)
«EL VALOR DE LA SANGRE DE CRISTO»

¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras. Inmolad —dice Moisés— un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda —responde Moisés—: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.» Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos. ¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. 
Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio. Del costado salió sangre y agua. No quiero, amable oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. 
He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambas del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva. Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado para edificar la Iglesia. 
Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto. Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.

Nos has redimido, Señor, con tu Sangre.

“Y por medio de Él, reconcilió consigo todas las cosas, tanto las de la tierra como las del cielo, trayendo la paz por medio de su sangre derramada en la cruz”. (Col 1, 20).

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Cada año, durante la semana santa, recordamos el gran misterio de nuestra fe: la pasión, muerte y gloriosa resurrección de Jesucristo.

Celebramos, además, que el Hijo de Dios -cumpliendo la voluntad del Padre- nos devuelve la dignidad de hijos derramando su sangre preciosa., una dignidad que nos había sido arrebatada por el pecado de Adán.

Al ser nuevamente “hijos”, somos abrasados por el infinito “amor del Padre” quien nos esperaba ansioso, desde que nos apartamos de su presencia (cf. Lc 15, 11-32) buscando lo que solo en Él teníamos: FELICIDAD, AMOR, PAZ, ETC.

Aunque Jesucristo nos ha devuelto tal dignidad, por medio de su Sangre derramada, solo experimenta el AMOR de Dios quien arrepintiéndose de sus pecados hace el propósito de la verdadera conversión. Entonces nos preguntaremos: ¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Y responderemos alegres ni la muerte ni la vida,… ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor. (Cf. Rm 8, 35-39).

Ser hijos nos lleva a sentir el amor del Padre, y todo esto gracias al poder de la Sangre derramada de Cristo, nuestro Señor.

 

¡Gloria a la Sangre de Jesús!

¡Ahora y por siempre!

P. Omar Cerda CPPS

Colaboradores